La verdad es que no es fácil entender por qué volvimos a Bali. Para empezar ya estuvimos una vez hace 10 años, y para terminar, es el destino de masificación turística por excelencia del este asiático. Aun así, dos factores pesaron más: la primera vez no pudimos disfrutarlo completamente a causa de las paperas de Hugo, y esta vez viajábamos con compañía y pensamos que no era justo que Joan Carles y Remei se perdieran algo tan icónico.
Hicimos un plan muy ambicioso para los cuatro días que íbamos a pasar aquí que al final acabamos saltándonos cuando empezamos a saturarnos de tanto templo. La llegada fue un poco estresante porque el vuelo se retrasó y llegamos bastante más tarde de lo que preveíamos. Tuvimos que encargar comida a domicilio desde el mismo taxi que nos llevaba al Hotel, donde nos recibió un “ asistente” que de forma bastante agresiva, intentó vendernos sus servicios de Conductor, masajes y demás.
Por la mañana la villa que habíamos contratado, se veía mucho mejor, pero no tuvimos tiempo ni de probar la piscina, porque como hemos dicho, el plan era bastante agresivo . Empezamos por uno de los templos más Instagrameable de toda la isla ( no esperéis que documentemos el nombre de cada uno de los templos, que esto no lo está escribiendo Sandra) la verdad es que el templo no es para tanto, pero como está en medio del mar, pues queda muy bien en las Fotitos y en las redes sociales y se pone a tope de turistas. Y es que Bali es una isla para eso, para sacar una foto subirla a tus redes sociales y ser uno más de los que ha vivido exactamente la misma experiencia en el mismo sitio y de la misma forma.
Es difícil describir el impacto que estas redes sociales y la necesidad de cumplir con la foto de turno ha impactado a esta isla. Existen columpios y atracciones especialmente diseñadas para sacarse una foto. Marcos perfectos con corazones y flores para que la foto quede como tiene que quedar, alquiler de vestido incluido.
Tal y como hemos dicho, no vamos a documentar el nombre de cada dichoso templo, pero si publicamos las fotos de los que nos parecieron más interesantes. Al final acabas con un poco de saturación, y la sensación de que es un poco todo lo mismo. Las técnicas de construcción son sencillas, igual que en otras religiones como la católica existen diseños en piedra muy elaborados, en estos templos se trata de moldes de hormigón, que la humedad y el paso del tiempo le dan ese aspecto envejecido y místico que tanto atrae.
Aquí podéis ver una de las cosas más interesantes con las que nos cruzamos: los Flying Foxes, una especie de murciélago, frutícola de grandes dimensiones, y que probablemente sea el origen del icónico vampiro de películas y novelas. Los encontramos en unas cascadas de esas que están hechas para la foto y donde decidimos no entrar.
Otra visita interesante fue el bosque de los monos. Es un bosque sagrado con un gran templo en el medio y por supuesto, repleto de monos. Está en el centro de Ubud, esto lo hace muy accesible y muy concurrido por un montón de turistas. Pura suerte, nosotros fuimos cuando faltaba poco tiempo para que cerrasen por lo que la cantidad de turistas fue menor, y podimos pasear bastante tranquilos. Además de los monos (que ya hemos visto un montón) el bosque en sí, ofrece algunos paisajes que valen la pena.
Lo de las terrazas de arroz es un capítulo aparte. Es quizás el ejemplo más extremo de los efectos de la masificación turística y de las redes sociales. Hace10 años cuando vinimos con Hugo y Amalia para ver las terrazas de arroz simplemente tenías que pedirte un café o un té en un chiringuito de paja, en la parte más alta de la terraza. Además, no podías bajar porque había gente trabajando en los campos de arroz.
Ahora ya nadie trabaja arroz. Para acceder a las terrazas tienes que pagar tu ticket, pasar por todo el complejo turístico donde hay tiendas, restaurantes y bares, te puedes tomar un cóctel mientras miras la terraza que está llena de turistas recorriéndola a pie. Pero sin duda, lo más increíble son esos columpios hacia el vacío donde un montón de chicas alquilan vestidos de cola larga para sacarse el mismo vídeo que cientos y miles de turistas se han sacado ya y han publicado en sus redes sociales. Aquí se viene a fichar.
Ese templo de aquí abajo el que tiene las estatuas esculpidas en la montaña era especialmente interesante para Sandra y para mí, porque aquí fue donde acabó nuestro viaje por Bali la última vez. Recordábamos cómo Sebastián tuvo que bajar a Hugo por los 300 escalones hasta el templo, y que este fue el lugar en el que decidimos que ya no podíamos seguir arrastrando a nuestro pobre hijo con las paperas y que teníamos que detener el viaje y pasar unos cuantos días encerrados en la villa. Así que esta vez la visita se sintió como una continuación del viaje anterior.
Los de lo de las purificaciones es otro negocio. Hace 10 años solamente los creyentes venían a los templos a purificarse con el agua de las fuentes. Ahora prácticamente todo el mundo compra una pequeña ofrenda, paga un ticket y pasa por el ritual sin entenderlo muy bien, pero sacando la foto de turno. Imaginaros que en las catedrales de España, la gente tuviese que pagar un ticket para rezarle al Padre Nuestro de la Cruz y que lo hicieran, independientemente de de qué fe profesaran solo para sacarse una foto y ponerla en una red social.
Quizás la visita más original e interesante fue a un pueblo tradicional balines donde las casas aún conservan la arquitectura original. Fue interesante en primer lugar, porque no eran templos en sí, sino casas con pequeños templos dentro y porque la gente sigue viviendo en ellos. De hecho, a las primeras casas no nos atrevimos a entrar, porque sentíamos que estábamos invadiendo la intimidad de la gente que vivía dentro. Pero claro, si pones tiendas con souvenirs, estás declarando que está abierto al turista y así es.
El pueblo es pequeño, se estructura todo alrededor de una calle principal muy recta y cada casa tiene una colección de souvenires que se entremezclan con objetos cotidianos de su día a día.
El último día lo pasamos paseando por Ubud mirando tiendas, haciéndonos un masaje y en general, mezclándonos con la masa de turistas para vivir eso que llaman vidilla.









































































