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Yogyakarta 10 años después

La primera vez que visitamos Yogyakarta fue con nuestros dos hijos, cuando aún tenían cinco y dos años. Entonces la ciudad se nos hizo muy caótica y concentramos casi todo

nuestro tiempo en ver templos. Muchas cosas han cambiado desde entonces.

Llegamos a la estación de tren aproximadamente a las 3:30 de la mañana, y desde ahí un taxi a nuestro hotel nos dio tiempo a ducharnos, a descansar un poco y lo más importante, parar a desayunar antes de que nos recogiesen para ir a ver Jomblang Cave, porque ¿ qué hay mejor para recuperarse de una noche sin sueño en un tren que hacer ejercicio intenso bajando a una cueva?

Lo que hay que ver en la cueva es una famosa cascada de luz, pero  la propia experiencia de llegar hasta allí, bajar y moverse por el barro que encontramos fue tan interesante como lo que había que ver. Para entrar a la cueva hay que bajar unos 60 m en vertical. Para esto te ponen unos arnés, tienes que tener unas botas de agua y un montón de gente trabaja junta para bajarte manualmente como si fueras un jamón, hasta la base donde puedes meterte en la cueva.

Dentro de la cueva empiezas a caminar aproximadamente 1 km hasta donde tienes que llegar para ver la cascada de luz, pero la caminata en sí es muy divertida por decirlo de algún modo. Las botas se hunden aproximadamente unos cinco u ocho cm, a veces hasta 15 cm en un barro súper espeso, como arcilla para hacer cerámica. La bota se queda pegada, y en ocasiones  levantas el pie y  la bota se queda ahí, cada paso cuesta. Además, no teníamos claro si podríamos pasar por el hotel para cambiarnos e íbamos con la presión de que no se nos ensuciase demasiado la ropa, así que doble diversión.

Por fin llegamos a la cascada que no decepcionó en absoluto. La imagen es tan impresionante como se ve en las fotos,  mejor porque es en tres dimensiones. Ahí sacamos una de las mejores fotos del viaje sin duda, aunque ahora que escribimos esto y ya hemos pasado por otros sitios igual de impresionantes, empiezan a haber competidoras.

Salimos de la cueva otra vez elevados como jamones por 20 simpáticos indonesios cuyo trabajo consistía en reemplazar a un tradicional motor de tres caballos. Cuando volvemos a la furgoneta, hablamos con el conductor para planificar nuestro siguiente paso. Teóricamente este mismo día tocaba ir a Prambanam, pero después de tantos días sin una cama, sin estar en vertical, con las piernas hinchadas y cansados por el ejercicio de la cueva, decidimos comprimir todos los templos en el día siguiente e ir únicamente a la cena  reservada en Prambanam y al espectáculo de ballet Indonesio, que teníamos reservado también para esta noche.

La cena fue buffet y estuvo bien, sobre todo por la ubicación del restaurante que estaba justo delante de los principales templos. De ahí nos fuimos a ver el espectáculo de danza tradicional con nuestras entradas VIP, que básicamente nos daban acceso a un poco de té y algunos snacks en el descanso y a butacas muy bien situadas. Nos podíamos haber ahorrado las butacas, como podéis ver en las fotos solo un 20 % del grupo pudo completar la obra despierto. No nos dio la impresión de que fueran súper profesionales ni que su técnica fuese súper depurada, pero el espectáculo fue interesante y es el tipo de cosas que uno quiere ver, aunque sea una vez en la vida (no dos).

La primera cosa que ha cambiado es que Yogyakarta ya no es solamente sinónimo de templos, sino también de naturaleza. Mañana veremos qué tanto han cambiado los templos.

Por cierto, si veis un montón de banderitas indonesias en todas las fotos es que hemos llegado justo en su día de la independencia cuando hace 80 años que han sido país y están súper orgullosos de ellos, por lo que se ve.